domingo, 9 de septiembre de 2012

Gandhi y el desierto invisible


09/09/2012


“He aquí mi secreto. Es muy simple. No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.”

Antoine de Saint-Exupéry, El Principito

Queridos exploradores,

Hoy me proyecto al futuro en el pequeño universo de este blog, al día de hoy, 9 de Septiembre del año 2012, para enviar un mensaje, un guiño, un beso volado, una sonrisa traviesa.

Hay que cerrar los ojos y estar alerta, bien despiertos. Uno ha de pensar por sí mismo, sentir por sí mismo. Dejar el mundo ya interpretado y sus imágenes atrás y aprender a mirar hacia dentro.

Ocurre que a veces, y por más empeño que ponga, Gandhi solo ve ante sí un desierto inmenso, yermo, de un silencio inconmensurable. Los árboles desaparecen, la gente se esfuma, los perros y aún su ínfimo recinto para correr se borran de Poble Nou. Los murmullos e imprecaciones de las personas sin techo y los gritos y risas de los niños huyen de Barcelona, de la faz del mundo, hacia el vacío.

Y Gandhi siente la necesidad de hablar, de creer que puede conversar con este desierto. Gritarle a las dunas, los médanos, las crestas cinceladas a la perfección por el viento.

-¡Desierto, te adoro!- grita con voz potente.
Le contesta un minuto de silencio. En el alba, el sol juguetea y se adentra unos centímetros más en los valles de arena rojiza.
-¿De verdad me adoras?- responde el susurro curioso de mil y un arenales.
-¡Con ternura y alevosía!
Otro minuto de silencio. Tal vez en alguna duna, una serpiente comienza a deslizarse, recién despertada de su letargo, o un zorro de largas orejas puntiagudas detiene sus pasos y gira su cuello hacia la dirección de la que provienen esas últimas palabras.
-¿Con alevosía?  ¿por qué?- responde el desierto con una ráfaga de viento calido.
-Porque yo intuyo lo invisible en ti, como el oasis en el corazón recóndito de tus dunas. Te contemplo en silencio como tú, desierto, me contemplas a mí. Un silencio que envuelve la grandeza de los sentimientos.
Otro minuto de silencio absoluto, y, de repente…
-Eres una esperanza muy preciada para mí- expresa, esta vez gritando, el desierto. Levantando ondas de arena, rasgando la superficie, trayendo lo profundo hacia la luz.
Y, otra vez, silencio.

Los Jardines de Gandhi yacen revueltos esta mañana. La estatua está cubierta por un polvo rojizo y han nacido a su alrededor seis girasoles, una rosa de otro planeta y, con las formas más caprichosas, miles de conchas traídas desde el fondo de sí mismo, que en la antigüedad fue un mar, pero hoy es el desierto más fértil y más bello que cabe imaginar.

No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.


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