16/01/2012
Todos los árboles se acurrucan juntos en esta
semana helada en los Jardines de Gandhi. Los gélidos dedos de la Tramontana se
extienden sobre las ramas y las despojan de las pocas hojas temblorosas, que aún
intentan agarrarse a la corteza desesperadamente. Los árboles ya no susurran y
permanecen dormidos.
Por la mañana, sobre el césped, uno puede ver
pequeños caminos de rocío, como senderos hechos por caracoles, gélidos senderos
plateados. Y Gandhi permanece en sí la única figura que no hace reverencia al viento.
Sus diminutos hombros parecen ser capaces de soportar el peso del mundo en el resplandor
del alba, aunque ningún pájaro acuda a posarse en ellos.
Un hombre bajo de estatura con la cara sucia ha
venido a descansar a los pies de la estatua. Exhausto, con frío y miedo. Carga
numerosas bolsas de plástico dentro de un carrito de supermercado cubierto con
una raída y agotada manta. Un gorro rojo le distingue del gris del pavimento, y
del gris de los pelos de su barba, gélidos senderos plateados. Desprovisto de
toda energía, el hombre se enrolla como un ovillo con su manta y se desmaya viajando
hacia el sueño.
Escucha,
buen hombre,
Has tratado
de llevar una vida digna,
Dejaste tu
tierra en busca de una oportunidad mejor,
Dejaste atrás
el sol de Navidad
Para pisar
sobre estos gélidos senderos plateados.