15/04/2012
A
mi padre, Bernardino.
Esta
es la historia veraz de cómo me enseñó a llamar a las abejas.
“El cielo es amor. El infierno es
amor. Lo que importa es cómo recorres
el camino hasta allí” – Sabiduría Balinesa
Queridos
exploradores,
Los
pájaros regresan a los Jardines de Gandhi. La brisa ha cambiado, el olor y los
aromas en el aire han cambiado. Las horas de luz han cambiado. Los caminos que
las sombras de los árboles recorren bajo la luz del sol han cambiado. Ahora están
más próximas a sus troncos, más cálidas, más amables, más dulces, como las
palabras exhaladas por un nuevo amante. Y… ¡los árboles se han despertado!
Pero
no son sólo los pájaros y los árboles. También las abejas. Hay muy pocas flores
aún en los jardines, pero un puñado de industriosas abejas de ciudad van
saltando de unos pistilos a otros, en su alegre cosecha primaveral. Estoy
sentado en un banco lejos de Gandhi, en una esquina soleada, cerca de los
matorrales y observo el vuelo de mis pequeños y zumbadores amigos. Un potente
recuerdo invade mi mente, inundándola con una luz diferente…
Yo
tenía 17 o 18, un adolescente inseguro, y vivía en una ciudad de tamaño mediano
de la isla de Tenerife, al lado de la costa noroeste de África. Mi padre,
Bernardino, había sido un agricultor toda su vida, aún después del accidente en
que se dañó la columna y que casi le paralizó de cintura para abajo.
Afortunadamente, esto no ocurrió y, aunque desde entonces camina con muletas,
la vida encontró la manera de seguir fluyendo: cerca de cuatro años después del
accidente, él y mi madre se las arreglaron para concebirme, y tres años más
tarde, también concibieron a mi hermana pequeña, Inma. Muchas veces me pregunto
qué hubiera pasado si el accidente hubiera sido peor… yo no estaría aquí… estas
frases nunca habrían sido escritas… pero eso es un capítulo de otra historia.