06/12/2011
A mi madre Sabas.
Cierta
vez Gandhi escribió: “El hombre nunca se podrá igualar a la mujer en el espíritu
de servicio desinteresado que le ha sido atribuido por la naturaleza”.
Queridos exploradores,
Coged una vez más vuestra mochila y aseguráos de
que lleváis raciones dobles de agua y provisiones, también llevad una pequeña
toalla para ayudar a refrescarse y lavarse, porque va a hacer calor y un largo
viaje nos espera. Hoy vamos a escuchar la historia de Lara María. A los árboles
de los Jardines de Gandhi les gusta la piel de Lara porque reluce con un brillo
moreno que nunca palidece, sea otoño o invierno. Contiene un poco de luz
eterna, como la del desierto. Es así como el abedul, que prefiere ser llamado
Abe, se lo contó a la estatua de Mahatma desde sus ramas más bajas. Y yo le he
pedido a Gandhi que comparta con nosotros la historia de Lara.
Y es así que Gandhi ha concedido mi deseo:
“Hoy Lara juega con sus nietas en el parque para niños, justo enfrente de mí, al otro lado del sendero que pasa a mis pies. Es una mujer feliz que roza casi los sesenta, más feliz de lo que sus arrugas le permiten mostrar, dice Abe, cuyas hojas pueden captar en el aire la energía invisible de los corazones humanos: alegría, ira o pena. Su cara todavía contiene el brillo del desierto del Sahara, aunque las dunas donde nació no fueran las de Africa, sino las de la pequeña isla de Fuerteventura. Una extensión del desierto en mitad del profundamente azul Atlántico.
“Hoy Lara juega con sus nietas en el parque para niños, justo enfrente de mí, al otro lado del sendero que pasa a mis pies. Es una mujer feliz que roza casi los sesenta, más feliz de lo que sus arrugas le permiten mostrar, dice Abe, cuyas hojas pueden captar en el aire la energía invisible de los corazones humanos: alegría, ira o pena. Su cara todavía contiene el brillo del desierto del Sahara, aunque las dunas donde nació no fueran las de Africa, sino las de la pequeña isla de Fuerteventura. Una extensión del desierto en mitad del profundamente azul Atlántico.