domingo, 10 de junio de 2012

El regalo


08/01/2012

El regalo

Cierta vez Gandhi dijo: “El amor es la fuerza más poderosa que el mundo posee, y aún así es la más humilde que podamos imaginar ”.

Queridos exploradores, en estos momentos en el que el año nuevo entra y es acomodado silenciosamente en su butaca, he tenido la suerte de pasar unos días con mis seres queridos, mi familia, a quienes no había visto durante 6 meses. Desde mi sobrina más joven, una niñita-chispa juguetona de dos años hasta mi padre, todavía saludable a los 79. Pude contarles las historias que había guardado y pude escuchar las de ellos.

Espero que ustedes también hayan podido descargar su mochila, dejar el bastón de caminar en el suelo, limpiar la suciedad de sus caras, tomar un trago de agua fría y cristalina y compartir sus aventuras y descubrimientos con sus familias y amigos. Y escuchar las de ellos. La necesidad está en lo profundo de ustedes mismos, en sus genes, y es pasada de generación en generación a través de las eras.

Cuenta tus historias. Protégelas del olvido. Cuenta tus historias.

Es enero en los Jardines de Gandhi, pero está inusualmente soleado. Veo a ancianos que caminan lentamente, disfrutando del sol en sus rostros, recuperándose de la resaca navideña. Sin mucho que esperar. Tan sólo la lentitud de las primeras semanas del año. La ilusión de que el curso de sus vidas puede ampliarse unas pocas semanas.

La estatua de Gandhi está cálida. Sus ojos astutos, atentos, han estado muy activos esta semana. Buscan signos, palabras y gestos de cariño. El nuevo año los necesita. Así que le ha pedido a uno de los árboles más atentos, el Alamo Plateado, que mantenga guardia desde sus ramas más altas y atrape esos signos en sus hojas plateadas. Alamo, como el buen y leal árbol que es, regresó a Gandhi con esta historia:

“Me disculpo Gandhi, porque no pude oír sus nombres mientras estuvieron aquí, en los jardines. Eran una pareja, una mujer baja, pequeñita, con el pelo teñido de negro, más de sesenta años de edad y un hombre más viejo que caminaba con una muleta y con la ayuda de ella. Me parece que él no oía muy bien. Ella repetía algunas frases… ya no necesitamos cuidar de los nietos…  nunca hemos viajado en avión… he ahorrado un montoncito de lo que recibo de pensión… Todo el rato su compañero movía la cabeza de un lado a otro y chasqueaba la lengua mostrando desaprobación. Y yo ya estaba listo para girar mis hojas hacia otro lugar cuando ella lo llevó hacia un banco y lo hizo sentar, mirando al sol. Rebuscó en su bolso y cogió un gran sobre con grandes letras negras escritas en la solapa. Lo abrió y sacó unos papeles. El gruñó ¿Qué es eso? No quiero un viaje. Estoy bien aquí. Sabes que somos demasiado viejos para viajar. Ella prosiguió Mira, viejo cabezota, mira esto. El tomó el papel, se lo acercó a las gafas y leyó “Atenas”. Hubo un largo silencio, en el que él alzó los ojos y miró al frente, fijando sus ojos en un punto en la distancia. Comenzó a recordar la historia. La historia que su abuelo le había contado muchas veces cuando era pequeño. La historia de cómo había conocido a su abuela, entre las columnas de un templo semiderruido. Hacía décadas que no la recordaba. Era su favorita. Y nunca había estado en Grecia.


El amor es la fuerza más poderosa que el mundo posee, y aún así es la más humilde que podamos imaginar.

Cuenta tus historias. Protégelas del olvido. Cuenta tus historias.

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