08/01/2012
El regalo
Cierta
vez Gandhi dijo: “El amor es la fuerza más poderosa que el mundo posee, y aún
así es la más humilde que podamos imaginar ”.
Queridos exploradores, en estos momentos en el
que el año nuevo entra y es acomodado silenciosamente en su butaca, he tenido
la suerte de pasar unos días con mis seres queridos, mi familia, a quienes no
había visto durante 6 meses. Desde mi sobrina más joven, una niñita-chispa juguetona
de dos años hasta mi padre, todavía saludable a los 79. Pude contarles las
historias que había guardado y pude escuchar las de ellos.
Espero que ustedes también hayan podido descargar
su mochila, dejar el bastón de caminar en el suelo, limpiar la suciedad de sus
caras, tomar un trago de agua fría y cristalina y compartir sus aventuras y
descubrimientos con sus familias y amigos. Y escuchar las de ellos. La
necesidad está en lo profundo de ustedes mismos, en sus genes, y es pasada de
generación en generación a través de las eras.
Cuenta tus
historias. Protégelas del olvido. Cuenta tus historias.
Es enero en los Jardines de Gandhi, pero está inusualmente
soleado. Veo a ancianos que caminan lentamente, disfrutando del sol en sus
rostros, recuperándose de la resaca navideña. Sin mucho que esperar. Tan sólo
la lentitud de las primeras semanas del año. La ilusión de que el curso de sus
vidas puede ampliarse unas pocas semanas.
La estatua de Gandhi está cálida. Sus ojos
astutos, atentos, han estado muy activos esta semana. Buscan signos, palabras y
gestos de cariño. El nuevo año los necesita. Así que le ha pedido a uno de los árboles
más atentos, el Alamo Plateado, que mantenga guardia desde sus ramas más altas
y atrape esos signos en sus hojas plateadas. Alamo, como el buen y leal árbol que es, regresó a Gandhi con esta
historia:
“Me disculpo Gandhi, porque no pude oír sus
nombres mientras estuvieron aquí, en los jardines. Eran una pareja, una mujer
baja, pequeñita, con el pelo teñido de negro, más de sesenta años de edad y un
hombre más viejo que caminaba con una muleta y con la ayuda de ella. Me parece
que él no oía muy bien. Ella repetía algunas frases… ya no necesitamos cuidar de los nietos…
nunca hemos viajado en avión… he ahorrado un montoncito de lo que recibo
de pensión… Todo el rato su compañero movía la cabeza de un lado a otro y
chasqueaba la lengua mostrando desaprobación. Y yo ya estaba listo para girar
mis hojas hacia otro lugar cuando ella lo llevó hacia un banco y lo hizo
sentar, mirando al sol. Rebuscó en su bolso y cogió un gran sobre con grandes
letras negras escritas en la solapa. Lo abrió y sacó unos papeles. El gruñó
¿Qué es eso? No quiero un viaje. Estoy
bien aquí. Sabes que somos demasiado viejos para viajar. Ella prosiguió Mira, viejo cabezota,
mira esto. El tomó el papel, se lo acercó a las gafas y leyó “Atenas”. Hubo
un largo silencio, en el que él alzó los ojos y miró al frente, fijando sus
ojos en un punto en la distancia. Comenzó a recordar la historia. La historia
que su abuelo le había contado muchas veces cuando era pequeño. La historia de
cómo había conocido a su abuela, entre las columnas de un templo semiderruido. Hacía décadas que no
la recordaba. Era su favorita. Y nunca había estado en
Grecia.
El amor es la fuerza más poderosa que el
mundo posee, y aún así es la más humilde que podamos imaginar.
Cuenta tus historias. Protégelas del
olvido. Cuenta tus historias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario aquí, ¡Namaste!