domingo, 25 de marzo de 2012

Una madre, una isla, el desierto


06/12/2011

A mi madre Sabas.

Cierta vez Gandhi escribió: “El hombre nunca se podrá igualar a la mujer en el espíritu de servicio desinteresado que le ha sido atribuido por la naturaleza”.

Queridos exploradores,

Coged una vez más vuestra mochila y aseguráos de que lleváis raciones dobles de agua y provisiones, también llevad una pequeña toalla para ayudar a refrescarse y lavarse, porque va a hacer calor y un largo viaje nos espera. Hoy vamos a escuchar la historia de Lara María. A los árboles de los Jardines de Gandhi les gusta la piel de Lara porque reluce con un brillo moreno que nunca palidece, sea otoño o invierno. Contiene un poco de luz eterna, como la del desierto. Es así como el abedul, que prefiere ser llamado Abe, se lo contó a la estatua de Mahatma desde sus ramas más bajas. Y yo le he pedido a Gandhi que comparta con nosotros la historia de Lara.

Y es así que Gandhi ha concedido mi deseo: 


“Hoy Lara juega con sus nietas en el parque para niños, justo enfrente de mí, al otro lado del sendero que pasa a mis pies. Es una mujer feliz que roza casi los sesenta, más feliz de lo que sus arrugas le permiten mostrar, dice Abe, cuyas hojas pueden captar en el aire la energía invisible de los corazones humanos: alegría, ira o pena. Su cara todavía contiene el brillo del desierto del Sahara, aunque las dunas donde nació no fueran las de Africa, sino las de la pequeña isla de Fuerteventura. Una extensión del desierto en mitad del profundamente azul Atlántico.


Lara solía correr arriba y abajo por esas dunas cuando niña, arriesgándose a ganar una buena molienda de su madre, pero había tan pocos momentos de ocio en su juventud que no le importaban las reprimendas. Lara tuvo que abandonar  la escuela temprano aunque sobresalía en algunas materias, como lenguaje y humanidades. Tuvo que ayudar en el campo y en la casa: limpiando, lavando la ropa de toda la familia a mano hasta bien entrada la noche, regando, recolectando, cosechando, cargando los sacos de millo al molino, cargando los sacos de gofio al retornar del molino, cuidando de las cabras, echándoles hierba, ordeñándolas, haciendo queso, aprendiendo a cocinar, cocinando para toda la familia, aprendiendo a coser y bordar, siendo una madre para sus hermanos y hermanas pequeñas. Sus manos eran fuertes, llenas de callos, pero capaces de hacer los trabajos más finos con la aguja. Casi lloró cuando le pudieron comprar sus primeras gafas porque ahora podría ver mucho mejor y empezar a bordar los nombres de cada uno de la familia en las fundas de almohadas y sábanas. Vivió su vida en la manera decente, humilde y cristiana de la isla.

El único descanso que Lara tuvo en muchos años fue cuando se casó, a los veintitrés, un poco tarde para aquellos tiempos. Por fin tendría su propio hogar, y un poco de poder para tomar decisiones en su nueva vida. No obstante, se quedó embarazada muy rápido y la vida no paró de empujarla y apresurarla desde ese punto. Con el marido ganándose la vida trabajando las huertas de otros, le correspondió a ella criar a una familia de demasiados miembros. Luchó con largas horas de trabajo y resignación, enseñó a los niños todas las oraciones y catecismo, se aseguró de que llevaran sus mejores vestimentas y olieran a colonia cuando los llevaba a la iglesia cada domingo, operaba una cocina que nunca paraba. El marido y los amigos siempre los primeros a la mesa, después los niños, luego el resto de los hijos, luego Lara María. Los pocos vecinos la respetaban y decían que era una buena mujer.

A lo largo de muchos y duros años, Lara superó la pérdida de su marido, vio a España perder un dictador y ganar un presidente, presenció la bonanza del turismo en las islas, lloró cuando el segundo de sus hijos fue a la universidad, el primero de la familia en hacerlo, y cuando tuvo el primero de muchos nietos.

Hace quince años Saray, su hija mayor, emigró a Barcelona en busca de oportunidades y un buen trabajo.Y once años después le propuso a Lara que se reuniera con ella y le ayudara a criar a las gemelas que entonces llevaba en su útero.

Desde entonces, los árboles de los Jardines de Gandhi han podido admirar la piel de Lara porque reluce con un brillo moreno que nunca palidece, sea otoño o invierno. Contiene un poco de luz eterna, como la del desierto del Sahara. La misma luz que brilla en los sonrientes rostros de sus nietas gemelas”.

1 comentario:

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    Muchas gracias!

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